Dentro de todas las secuelas que dejan los actos violentos, las más nombradas son aquellas que tienen sangre y lágrimas, sin embargo hay unas consecuencias más superficiales que si bien, no tienen la misma importancia, generan la discusión acerca de hasta donde permitimos que las balas condicionen nuestras acciones.
Quienes me conocen saben que soy amante de las conversaciones hasta las 3 de la mañana y que muy pocas veces quedo con la energía suficiente para regalarme esos espacios de lucidez y reflexión. La cosa es que, ahora que he tenido el tiempo y la energía, se me ha presentado otro obstáculo, esta vez en forma de bala.
Las consecuencias de la violencia son numeradas por toneladas, como si todos los casos fueran los mismos, como si todas las personas reaccionaran igual, como si la mancha de sangre que se lava al día siguiente fuera lo último que quedara de algo que fue un alguien.
Me da la impresión de estar viviendo en dos lugares completamente diferentes, en el día lo único que altera la tranquilidad de la cuadra es mi vecina que nos endulza la vida cantando regetón y los gritos de Alejandro cuando no se quiere tomar el jarabe; pero después de las 10:30 de la noche las luces de las casas comienzan a apagarse, no sé si para dormir o para escondérsele a la muerte.
La violencia, en todas sus representaciones, no puede generarme más que rabia e impaciencia, me indigna tener que dejar a mi amigo a mitad de una conversación porque al señor malandro se le dio por matar y para colmo de males tengo que tragarme mi veneno porque no le puedo decir al gañan de la esquina que me da literal asco la manera como me mira.
Sumémosle al asunto que me toca escuchar y recrear en mi mente la misma escena casi todos los días: los pasos acelerados, la súplica, la tortura, el tiro, el silencio aterrador y el carro, entre otras cosas porque, como alguna vez le dije a un amigo, “aquí te hacen el trabajo completo: primero te levantan a bala y luego ellos mismos hacen el levantamiento del cadáver”.
Ya no hay necesidad de ponerle silenciador a la pistola, porque el CAI que queda a cinco minutos de mi casa, al parecer, cierra en horas de la noche.
En febrero del presente año, llegaron a la estación de policía del municipio de Itagüí 21 refuerzos, entre ellos el Mayor William Quintero como nuevo comandante, sin embargo lo que parecía ser un freno a la violencia que se presenta en el municipio desde el 2008, no fue más que la confirmación de lo pasiva y permisiva que puede llegar a ser fuerza pública.
A mí nadie me ha podido responder el por qué tengo que llegar a mi casa antes de las 11:00 de la noche si amo caminar a esa hora, ni por qué tengo que dejar los problemas de mis amigos sin resolver.
Creo que he llegado a la edad en la que yo decido hasta que hora quedarme despierta, en la que puedo caminar en la calle de noche, en la que puedo disfrutar del silencio tranquilo y reflexivo de la madrugada y me parece indignante que sea la violencia, una vez más, quien limite mis acciones.
No ignoro la gravedad de la situación, sé que la problemática va mucho más allá de lo que yo estoy diciendo, pero es la bala superficial la que en últimas me permite reflexionar sobre las “razones” de la guerra y concluir que ninguna de ellas se me hace válida.
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