domingo, 25 de septiembre de 2011

LA BALA SUPERFICIAL


Dentro de todas las secuelas que dejan los actos violentos, las más nombradas son aquellas que tienen sangre y lágrimas, sin embargo hay unas consecuencias más superficiales que si bien, no tienen la misma importancia, generan la discusión acerca de hasta donde permitimos que las balas condicionen nuestras acciones.

Quienes me conocen saben que soy amante de las conversaciones hasta las 3 de la mañana y que muy pocas veces quedo con la energía suficiente para regalarme esos espacios de lucidez y reflexión. La cosa es que, ahora que he tenido el tiempo y la energía, se me ha presentado otro obstáculo, esta vez en forma de bala.

Las consecuencias de la violencia son numeradas por toneladas, como si todos los casos fueran los mismos, como si todas las personas reaccionaran igual, como si la mancha de sangre que se lava al  día siguiente fuera lo último que quedara de algo que fue un alguien.

Me da la impresión de estar viviendo en dos lugares completamente diferentes, en el día lo único que altera la tranquilidad de la cuadra es mi vecina que nos endulza la vida cantando regetón y los gritos de Alejandro cuando no se quiere tomar el jarabe; pero después de las 10:30 de la noche las luces de las casas comienzan a apagarse, no sé si para dormir o para escondérsele a la muerte.

La violencia, en todas sus representaciones, no puede generarme más que rabia e impaciencia, me indigna tener que dejar a mi amigo a mitad de una conversación porque al señor malandro se le dio por matar y para colmo de males tengo que tragarme mi veneno porque no le puedo decir al gañan de la esquina que me da literal asco la manera como me mira.

Sumémosle al asunto que me toca escuchar y recrear en mi mente la misma escena casi todos los días: los pasos acelerados, la súplica, la tortura, el tiro, el silencio aterrador y el carro, entre otras cosas porque, como alguna vez le dije a un amigo, “aquí te hacen el trabajo completo: primero te levantan  a bala y luego ellos mismos hacen el levantamiento del cadáver”.

Ya no hay necesidad de ponerle silenciador a la pistola, porque  el CAI que queda a cinco minutos de mi casa, al parecer, cierra en horas de la noche.
 
En febrero del presente año, llegaron a la estación de policía del municipio de Itagüí 21 refuerzos, entre ellos el Mayor William Quintero como nuevo comandante, sin embargo lo que parecía ser un freno a la violencia que se presenta en el municipio desde el 2008, no fue más que la confirmación de lo pasiva y permisiva que puede llegar a ser fuerza pública.

A mí nadie me ha podido responder el por qué tengo que llegar a mi casa antes de las 11:00 de la noche si amo caminar a esa hora, ni por qué tengo que dejar los problemas de mis amigos sin resolver.

Creo que he llegado a la edad en la que yo decido hasta que hora quedarme despierta, en la que puedo caminar en la calle de noche, en la que puedo disfrutar del silencio tranquilo y reflexivo de la madrugada y me parece  indignante que sea la violencia, una vez más, quien limite mis acciones.

No ignoro la gravedad de la situación, sé que la problemática va mucho más allá de lo que yo estoy diciendo, pero es la bala superficial la que en últimas me permite reflexionar sobre las “razones” de la guerra y concluir que ninguna de ellas se me hace válida.

sábado, 23 de julio de 2011

LA IGNORANCIA ES ATREVIDA... Y OFENSIVA


 Preocupa que la visión que se tiene acerca de los graves problemas que sufre la educación en Colombia se reduzca a algo tan vano sin vergüenza alguna.

“Si, la verdad nunca le he visto utilidad a esa chimba universidad, las mejores zorras estudian en la UPB y en la EAFIT, en la de Antioquia ni con dinamita se pesca algo medio decente…acaben con ese antro de mala muerte, una paisa fea no tiene la más mínima utilidad para el mundo”

Este fue uno de los 10 comentarios que se hicieron a propósito del artículo publicado por eltiempo.com el  pasado 21 de julio que hablaba de los disturbios presentados durante ese día en la Universidad de Antioquia.*

Reza un dicho popular que la ignorancia es atrevida, es el caso de este y de la mayoría de comentarios que se hicieron respecto a los acontecimientos de ese jueves. Es triste y vergonzoso saber que, un problema que afecta la educación no solo de quienes estudiamos en la Universidad de Antioquia sino en las demás universidades públicas del país, sea simplificado a la existencia o no de mujeres bonitas, o como dice el autor del comentario “mejores zorras”.

Lamentando los cerca de 200 estudiantes de Ciencias exactas que vieron afectados sus grados por el acontecimiento, también hay que reconocer a los miles de estudiantes que vemos aplazados nuestros semestres por cese de actividades, y los millones de colombianos que ven negadas las posibilidades de ingresar a la educación superior por falta de recursos.

Detrás de cada “zafarrancho” hay un montón de ideologías, creencias, organizaciones e  intereses, que detienen (ya sea por dos horas o por dos meses) el proceso de aprendizaje por el que dicen luchar, ese que nos ha sido tan esquivo gracias a la escases de recursos otorgados por el Estado y que se pierden "de vez en cuando" en bolsillos de los mismos.

Soy completamente consciente de que a la Universidad de Antioquia, y en general a todas la universidades públicas del país les hacen falta muchos recursos y sé que es necesaria una lucha para poder alcanzar metas, pero me sigue pareciendo un tanto absurdo que, para defender la educación tengamos que dejar de estudiar.

Por otro lado, y regresando al patético, inmaduro y machista comentario del artículo yo le recomendaría a su autor que conociera la SIU, que se informara de la editorial de la universidad y que entrara a la biblioteca central dónde podrá encontrar la sala de prensa más grande Colombia, eso sólo por nombrar algunas de las millones de “utilidades” que tiene el Alma Máter.

Comentario feminista: tiene toda la razón en la UdeA no hay zorras buenas, hay mujeres bonitas, educadas y respetables.

*http://www.eltiempo.com/colombia/medellin/encapuchados-se-toman-bloque-de-la-universidad-de-antioquia_9969366-4

viernes, 27 de mayo de 2011

Discriminación juvenil.


“Es el momento de poner en práctica propuestas pedagógicas que no enseñen a guardar silencio sobre lo que se piensa o se siente. Es hora de hacer realidad las pautas que no enseñan a fingir que piensa, participan o sienten.
Llegó el tiempo de impulsar una práctica y una teoría pedagógica que forme en la convivencia desde el reconocimiento y la palabra. “
Alfredo Ghiso.

Para la real academia de la lengua española, discriminar es dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, entre otros; esta definición se queda corta frente a la realidad que viven quienes son discriminados, y aunque todos lo hayamos sido alguna vez, hay casos realmente alarmantes que invitan a la reflexión y que van más allá de una tesis tan superficial.
Algo en lo que tiene razón la real academia de la lengua, es en que la discriminación puede darse por diferentes motivos, muchos realmente, de hecho se discriminan a quienes discriminan, se discrimina desde el lenguaje y trasciende a otros planos y esto se convierte en actos involuntarios y cotidianos. 

Los jóvenes por ejemplo son discriminados por la sociedad por su aparente incapacidad para racionalizar, joven es sinónimo de adolescente que quiere decir carente de algo, y como carente de sentido común es tratado por la sociedad en general; pero hay algo más delicado y es el señalamiento y la discriminación entre los mismos jóvenes por estrato, por religión, por gustos musicales, entre otros aspectos que dividen más a esta población.
Manuel López García, psicólogo y quien se desempeña como coordinador de la Escuela de Animación Juvenil de Medellín, dice que la discriminación obedece a  una lucha de poderes, en este sentido los jóvenes son discriminados por los adultos porque estos últimos tienen miedo de perder su lugar y no dejan ingresar a los jóvenes a sus esferas de poder.

Hay tipos de discriminación que son aceptadas como convenientes, es el caso de los jóvenes que pertenecen a bandas delincuenciales. Un informe revela que 10.000 jóvenes en Medellín hacen parte de estas organizaciones delictivas, una de las razones por las que los jóvenes son incluidos dentro de las bandas es la incapacidad que tienen las leyes colombianas para regularlos, sin embargo en ocasiones anteriores se ha hecho referencia a los jóvenes no como victimarios  sino cómo víctimas de una descomposición social, y de falta de acciones por parte del Estado. Ese reconocimiento mitiga un poco esa concepción del joven como criminal por diversión.

Para Laura Cano una joven de 17 años la razón por la que muchos de los jóvenes recurren a la delincuencia es por falta de oportunidades  “en el momento en el que estamos es muy privilegiado quien sólo tenga que estudiar, y no nos dan trabajo porque no tenemos experiencia ni un título”. Según Laura quien acaba de salir del bachillerato es complicado conseguir un título universitario cuando no se tienen recursos para acceder a una buena educación “las universidades privadas son muy costosas y en las públicas no hay casi cupos”.
Laura dice que en ningún momento intenta justificar a  quienes cometen actos delictivos, porque si bien la situación es complicada, hay otras maneras de salir adelante, pero también es consciente de que hay que comer, hay que pagar cuentas, y si se quiere ser mejor, hay que buscar una buena educación, “uno como joven no está pidiendo que le entreguen todo listo, pero si por lo menos que le brinden oportunidades y que apoyen nuestras iniciativas”.

Por otro lado advierte de la presión social que tiene los jóvenes, la industria todos los días está sacando nuevas maneras de encerrar a los jóvenes en la idea de que entre más se tenga más aceptado socialmente va a ser, lo que genera disputas entre contemporáneos. 

Otro tipo de segregación, que es vista como positiva, es de la que son víctimas los jóvenes que escuchan música “pesada”, géneros como el rock, punk, ska, metal y sus similares con considerados como ritmos que incitan a la violencia, a la rebeldía y al libertinaje, quienes escucha y producen contenidos pertenecientes a esto géneros alternativos son vistos como delincuentes e inadaptados sociales. 

Cambiar esa concepción errada sobre estos jóvenes y mostrar la vida como un valor sagrado son los objetivos principales del festival Altavoz que hace parte de los programas que tiene la alcaldía de Medellín que busca generar espacios de convivencia entre los jóvenes, con base en el reconocimiento de las diferencias en cuanto a tendencias juveniles, estilos de vida, concepciones y géneros musicales como fuentes de riqueza cultural de la sociedad.

Para Santiago Arango, comunicador social – periodista  y director de Altavoz, aunque Medellín a superados algunos problemas consecuencia de la discriminación, no dejar de ser una ciudad “goda” que en pleno siglo XXI sigue discriminando por preferencias sexuales, por estrato socioeconómico e incluso por raza. Según Arango lo que hace más grave la discriminación hacia los jóvenes es también la discriminación entre ellos mismos  y agrega que “la diferencia es importante siempre y cuando cree debates y confrontaciones verbales fundamentadas”.

Para Julieth Londoño, perteneciente a la Escuela de Animación Juvenil la idea es visibilizar a los jóvenes como actores activos de la vida en comunidad, Julieth separa los términos visibilizar e incluir, porque “en esta sociedad la inclusión quiere decir que se es aceptado siempre y cuando la manera de ser de los jóvenes cumplan con los parámetros establecidos como normales y esa inclusión no es para vivir conforme a las diferencias , sino que busca una homogenización de ideas y de maneras de actuar”, en caso de que esto no fuera así, y los jóvenes llegaran con propuestas nuevas que alteren en transcurso de lo que ya se viene haciendo, serán excluidos de las esferas públicas.

Laura, que está a la espera de pasar a la Universidad de Antioquia y de conseguir un empleo dice que la discriminación no se acaba de la noche a la mañana pero que hay maneras de estrechar las brechas que se han formado a través de los año y que impiden que todos nos relacionemos haciendo de la diferencia la fortaleza, “primero que todo se debe aceptar que hay otro que es diferente a mí, y que no por eso deja de valer y deja de hacer parte de la construcción de comunidad”; por otro lado, Santiago, Manuel y Julieth proponen mesas de trabajo en la que todos los sectores hagan presencia y acojan a la juventud como parte importante de la sociedad, pero que la acojan aceptando sus diferencias y sus procesos individuales de desarrollo.